miércoles, 31 de diciembre de 2025

Quince escalas del 25

 

Ulises Velázquez Gil 

Al momento de urdir las presentes líneas, hay dos temas que me salieron al paso: una publicación que compartió Irene Vallejo en sus redes sociales (sobre la inclusión de El infinito en un junco en un listado de los mejores libros en español de los últimos cincuenta años) y, claro, el alud de listados que aparecen por estos días año tras año. Sobre el primero, aunque Irene Vallejo es suspicaz en cuanto a esa distinción, sin decir agua va, corre a buscar dicho listado sólo para enterarse de primera fuente. Respecto al segundo, es natural que, a pocos días -horas, en este caso- de decirle adiós al año, nos entra un fervor por enumerar las lecturas hechas y cuáles generaron un gran impacto en quienes leen. De lo que sí podemos estar seguros es que no hay listados definitivos, y lo que hoy es motivo de orgullo, el día de mañana sea sólo un recuerdo o el espejismo de una tendencia. (Al final del día, el oficio de leer ganará todas las partidas, habidas y por haber.)

Como cada año, y sin picarme de original, comparto aquí los quince libros que suscitaron mi mayor interés en este 2025 en fuga: para reafirmar una constancia lectora, por seguir en la conversación con mis contemporáneos (maestros y compañeros de ruta, colegas todos). Quede en ustedes el acercamiento de primera mano y, aunque esté de más el anuncio, toda omisión o presencia inesperada, es bajo la responsabilidad de quien esto escribe.

POESÍA:

-Ecos de Monte Olimpo (Dreyk Rivas)

-Alucinaciones auditivas (Alejandra Estrada Velázquez)

-Cuerpo roto (Nadia López García)

CUENTO:

-…Es que los monstruos no existen (Adriana Azucena Rodríguez)

NOVELA:

-Alicia nunca miente (Jorge F. Hernández)

-La bondad (Drusila Torres Zúñiga)

-Enterrar dinosaurios (Lilia Ávalos)

ENSAYO:

-Fernando de Fuentes y la lente posrevolucionaria (Norma Sánchez Acosta)

-Alfonso Reyes y los libros: salvación del espíritu (Alberto Enríquez Perea)

-Las nuevas herramientas de la astronomía (Julieta Fierro)

-Caleidoscopio José Emilio Pacheco (Laura Emilia Pacheco)

-La poesía (Fernando Fernández)

MEMORIA:

-Instantes (Gerardo de la Torre)

-Y uno se cree (Jordi Soler)

-Dios fulmine a la que escriba sobre mí (Aura García-Junco)

Aunque merecían figurar en el listado definitivo, digno es mencionar los siguientes libros: La utilidad de leer. Ensayos escogidos de G. K. Chesterton (antología previamente publicada en España por Trama editorial, que este año tuvo su avatar transoceánico gracias al Fondo de Cultura Económica); El alma de las cosas de Gabriela Peyron, que nos recuerda la magia y las historias que esconden los objetos que nos son cercanos; La melodía del tiempo, primera novela del cantautor José Luis Perales (en cuya cuidada prosa se reúnen sucesos y figuras de su natal Cuenca, sazonados con la materia de la imaginación), y las Cartas a Ricardo, de Rosario Castellanos, en la colección Vindictas de la UNAM, y primera de varias publicaciones dedicadas a conmemorar el centenario de la escritora, diplomática y académica. (La mención de todas éstas bien merecerá su post correspondiente.)

Pese a los altibajos que cada año deja a su paso, no me cansaré de refrendar mi ferviente pasión por la lectura, desde la cual siempre saldrán al paso nuevas razones para conversar y en espera de ganarle nuevas partidas por venir. Y aquí me quedo por mientras. 

¡Muchas gracias a ustedes!

 

babelises@hotmail.com 

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viernes, 12 de septiembre de 2025

Sintonía de conocencias

Ulises Velázquez Gil

 

Una de las satisfacciones de todo artista novel (sin importar la disciplina de elección) es conocer a uno de sus ídolos, por quien se eligió la misma senda a seguir, a guisa de agradecimiento por compartir los mismos afanes y empeños; aunque lo más lógico es que las disciplinas artísticas tienen mayor impacto cuando se alimentan a sí mismas, que una ejerza influencia sobre otra distinta no resulta del todo lejano a este proceso: escritores que influyen a músicos, músicas que suscitan letra impresa.

            Para el segundo caso, digno es mencionar a Jordi Soler, en cuya obra han hallado cabida sus intereses musicales y radiofónicos: desde novelas sobre locutores sui generis hasta relatos protagonizados por figuras del medio, pasando por un pequeño (en tamaño, mas no en intensidad) volumen de poemas.

En Y uno se cree, de publicación reciente, Jordi Soler nos cuenta dos historias de sucesión alternada: su admiración por Joan Manuel Serrat (presente a lo largo de varias décadas) y la escritura a cuatro manos de una canción (por obra y gracia de una peculiar parvada aparecida en alguna novela de Soler publicada con anterioridad: [Serrat] había subrayado un pasaje de mi novele Ese príncipe que fui […] luego preguntó: ¿qué clase de pájaro es el xirimiticuaticolorodícuaro? Uno muy colorido y de plumaje esponjado, improvisé. ¿Esponjado?, ¿cómo?, ¿existe ese pájaro en Veracruz?, preguntó, y yo no tuve más remedio que decirle no lo sé, puede ser como nosotros queramos […].

            Mientras se afianza la empresa de darle cabida a tan singular pájaro bajo la forma de una canción, el autor deja libre curso a sus recuerdos y contar sus encuentros con Joan Manuel Serrat a lo largo de una vida, desde la primera vez que sus canciones (concretamente, en catalán) sonaban dentro de La Portuguesa, al interior de la selva veracruzana y habitada por exiliados que hablaban una lengua “inventada” (a decir de los oídos infantiles del autor en aquel entonces). Mi hermano y yo pudimos matricularnos en el colegio gracias a que nos sabíamos de memoria decenas de canciones de Serrat, sobre todo nos fueron muy útiles las que venían en dos de sus discos en catalán, Ara que tinc vint anys y Com ho fa el vent. […] las canciones de Joan Manuel Serrat eran, para nosotros, el faro que alumbraba el camino hacia el país al que no se podía regresar […] lo cual nos convertía a mi hermano y a mí en un paso de excéntricos que iban canturreando por la selva “En qualsevol lloc” o “Canço de matinada”, canciones en una lengua que ninguno de nuestros vecinos entendía.

Si hacemos caso a las palabras del joven clásico respecto a que “no se habita un país, sino una lengua”, en la matria llamada La Portuguesa se hablaba catalán, y el sentimiento de identidad del autor en ciernes se daba alrededor de una peculiar trinidad oriunda (o residente) de Cataluña: Johan Cruyff, Juan Marsé y, claro, Joan Manuel Serrat; sobre éste último dice lo siguiente: […] el origen de mi vocación de escritor está en ese álbum total que hizo Serrat con los poemas de Miguel Hernández, un disco que oí obsesivamente hasta su desintegración y que me llevó al libro del poeta que había en casa, y de aquel libro fui pasando a otros libros hasta que llegó el día en que me atreví a escribir los míos. Una sucesiva y coherente cadena de inspiraciones: la música serratiana desde la poesía de Miguel Hernández, la literatura española a partir de la poesía hernandiana, y de allí hasta atreverse a urdir el tejido de los propios libros, agradeciendo la sucesión de enlaces al encuentro con una vocación a prueba de tiempo.

A medida que pasa la vida, no dejan de salir al paso personas, obras, lecturas y, desde luego, músicas hacia las cuales llevar nuestra senda; si la escucha del “Noi del Poble-Sec” inoculó la poesía (por ende, la literatura) en el ser y hacer postreros de Jordi Soler, es ineludible la vuelta al punto de partida, es decir, volver a escuchar esa música como la primera vez, y añadirla a la galería de gustos adquiridos, tal y como ocurre en una escena donde, para un Soler adolescente, a la par de Led Zeppellin, David Bowie y Leonard Cohen -otro casi exitoso del tránsito de las letras a la música-, por mencionar sólo algunos nombres, Serrat figura como ídolo consolidado, referente obligado, incluso género musical en sí mismo. Con las canciones de Serrat nadie se atrevía a protestar, nadie quería quedar como un guarro, como un ignorante o como un insensible.

Si las novelas, ensayos, poemas, relatos y hasta canciones son una forma de agradecimiento de un joven lector/escucha hacia el genio y la figura de Joan Manuel Serrat, el sencillo hecho de que el cantautor, andando el tiempo y el milagro de la amistad, le influyera en una empresa a cuatro manos como lo fue (por el momento) la escritura de una canción, donde sendos pájaros de la fauna novelística creada por Jordi Soler habiten otro bosque, uno compuesto de música y de palabras, combinación imbatible que destella, relumbra, expide colores, magia, milagros inclusive, […] siempre guiados por el rigor de Serrat, que era nuestra linterna, un rigor que fue muy evidente desde el primer boceto de la canción, el mismo al que yo me someto cuando escribo mis novelas y mis ensayos, pero en este caso, al ser la escritura de una canción un arte que está fuera de mi universo literario, su rigor me parecía de otra naturaleza […] Al integrarse a ese rigor, que desde luego excedía mis capacidades, me quedó claro de dónde habían salido esas canciones magistrales que me han marcado desde que era un niño.

En suma, Y uno se cree da fe de una doble fidelidad: hacia la poesía (presente de principio a fin en la empresa de escribir una canción a cuatro manos), desde la amistad (cuando las letras de Soler suscitan admiración y una postrer cadena de sucesos y figuras en común); mientras conocemos los vaivenes de una escritura a cuatro manos, recordamos con el autor la evolución natural de un escucha, forofo, fan de un catalán sin par; sintonía de conocencias, afianzadas al milagro de la amistad a primera vista y de la fidelidad recíproca de dos genios ungidos al reino de las palabras.

Si en La cantante descalza y otros casos oscuros del rock hizo ver que todas las vidas dedicadas a la música se entrelazan de manera inusitada, en el libro que ocupa estas líneas, no sólo describe, sino que se asume parte de una historia más grande, donde la música de una vida se vuelve una vida llena de músicas: las creadas por Serrat, las contadas por Soler, y aquéllas que buscan insertarse dentro de nuestras vidas, y en ese sentido, bien vale recordar lo dicho por el Nano en otra de sus canciones: El camí fa pujada i me’n vaig a peu. (Buen camino.)


Jordi Soler. Y uno se cree. De como Joan Manuel Serrat y yo nos pusimos, una vez, a escribir una canción. Madrid, Alfaguara, 2025 (Narrativa hispánica).  

 

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viernes, 15 de agosto de 2025

Naufragios y destellos


Ulises Velázquez Gil


En su libro de ensayos El punto ciego, Javier Cercas dice de una sus novelas que “a ratos parece un torbellino de biografías paralelas y contrapuestas”; de cierta manera, toda novela (y no dudaría también que en todo libro) lleva dentro de sí una “biografía”, sea del autor, sea de alguno de sus personajes, donde al finalizar la lectura, una vida termine por vislumbrarse.

            Dicha frase me salió al paso luego de leer la obra más reciente de Aura García-Junco, quien luego de dos novelas y un libro de ensayos, nos entrega un libro ya desconcertante desde el título mismo: Dios fulmine a la que escriba sobre mí. (Veamos por qué.)

Compuesto por nueve capítulos (cada uno, de carácter fragmentario), la autora se adentra en la figura de su padre, a través de la biblioteca que recibe como herencia, así también por los testimonios de colegas y amigos, pero, sobre todo, el suyo, como hija y como ulterior colega. Empiezo esta investigación con la esperanza de recorrer su vida de libro cerrado para, una vez pagada la deuda, iniciar un capítulo nuevo. Y, quizás, aprender a reírme con él mientras su mullet rebelde brinca triunfalmente porque, mediante el milagro de la multiplicación de la cebada, hizo de una cerveza dos cervezas. Aguadas e infames, pero dos.

            Al igual que el número de cervezas arriba citadas, la autora aborda dos vidas en paralelo: las de Juan Manuel García-Junco (padre) y de H. Pascal (escritor); éste último, se movió con enorme soltura dentro del bajofondo de la cultura en México, encabezando el proyecto Goliardos, de larga y aguerrida trayectoria. ¿Cómo acercarme a él? Los recuerdos son aire doloroso. Cada vez que intento acceder a ellos, se me escapan. Sólo que me quedan los objetos que, sin querer, me heredó. (Una biblioteca, por ejemplo.)

Después de una cuidadosa selección en fast track (por la premura de vaciar el departamento donde vivió su padre hasta aquel 2 de julio de 2019 -¡oh, ronda de las fechas!), Aura García-Junco se empeña en pasar revista a varios de los libros que la componen (a guisa de un fichero atípico), donde se consigna la materia -contenido- del volumen en turno, y a su vez, desatar otra historia (también paralela), correspondiente al Juan Manuel padre, o sobre H. Pascal, según se diera la oportunidad. Una biblioteca es más que la suma de sus obras. No estoy segura qué transmite de su dueña más allá de una infatuación, que a veces raya en lo enfermizo, por aglomerar libros polvosos, muchos de ellos sin leer. La de mi papá tenía la peculiaridad de la duplicación. Uno de los hábitos que más envidiaba su colección malsana a los libros eran las colecciones enteras que compraba en descuento en librerías de viejo, o los ejemplares de ediciones de la Secretaría de Cultura que terminaban en cajas. […] Era un regalador masivo de libros. Mucho de esto se perdió en la Gran Purga post mortem, pero aún así me quedan algunos clones que ya iré regalando, como era su destino.

Al igual que la biblioteca de marras, en el padre de la autora también destella la duplicación, la de encontrar dos avatares en el mismo individuo (tal y como reza aquel aforismo de Emil Cioran, “Dos enemigos es un mismo hombre dividido”): el joven periodista prometedor y hasta entonces padre presente, y el escritor solitario -solidario- y promotor de la cultura a contracorriente (con el ya mencionado proyecto Goliardos) de publicaciones proclives al underground y de eventos culturales -léase conciertos y escalas en el Circo Volador-, de índole iniciática y para iniciados. ¿Qué estoy haciendo en estas páginas? ¿Mitologizo yo también a Pascal? ¿Difamo a Juan Manuel? […] A veces la melancolía me invita a escribir mi propio monumento, en el que papá carezca de asperezas, y de paso me evite que lo juzguen con la dureza con que yo misma lo juzgué […].

Y en ese mismo empeño, Aura García-Junco se remonta hacia los orígenes de su padre (que, de paso, son los suyos), cuando encuentra en la biblioteca heredada ¡libros en alemán!, vestigios de un naufragio también llamado biblioteca paterna (la del abuelo y bisabuelo, que también transitaron por los senderos de las letras). Intento aprender de los libros que se han escrito sobre historias personales y repetirme que la mía, como haya sido, está ahí. Si tuve un abuelo traductor que obligaba a sus hijos a leer filosofía, lo tuve y ya está. Mi papá mamó libros desde muy pequeño. Luego, cuando mi abuelo murió, él y su hermano mayor hicieron lo mismo con el hermano menor, que era muy pequeño para haber alcanzado las enseñanzas con sangre de su padre.

A medida que se avanza en la lectura de Dios fulmine a la que escriba sobre mí, otro aforismo (nietzscheano, se sabe) no ceja en aparecerse a golpe de párrafo; “Cuando no se tuvo un buen padre, habría que inventárselo”. Para la autora, se suceden toda serie de sentimientos (unos adversos, otros poco más que gratos), y el impacto entre ambos, a la par del escrutinio de la biblioteca, no “inventa” un buen padre, pero al menos pondera su humanidad; respecto a H. Pascal, su “paternidad” se refleja en coordinar talleres de jóvenes autores, publicar sus (para siempre verdes) textos de creación en antologías a contracorriente, incluso en el factótum que le acompañó en toda empresa y tribulación de afanes culturales. En Juan Manuel primó la intención -aproximada, pero certera-, mientras que para H. Pascal persistió la invención -incluso de sus propias genealogías. Muchas veces deseé que mi papá nunca hubiera abandonado su saco de lana con parches en los codos, que habitara ese cliché del intelectual que, conforme me iba adentrando en el mundillo de las letras, veía por todas partes en los hombres “exitosos” de su generación. […] En completa sintonía con eso, admiraba al personaje Pascal, el señor que, vestido con camisas de colores, hacía festivales habitados por sombras darks y metaleras. Siempre, al que ibas a encontrarte en todas las ferias del libro, el que saludaba a todo el mundo y recibía, casi siempre, un saludo emotivo de vuelta.

Además del atípico fichero arriba mencionado, la autora encarta, a pie de página, un pequeño diccionario personal, donde consigna sus inquietudes, sus taras e incluso reclamos hacia su padre. Para muestra, basten las siguientes definiciones:

LIMPIAR: eliminar lo que queda de cotidiano. 

PRESTAR UN LIBRO: Quizás la mejor manera de hacer un regalo.


LO PERSONAL: Pensar un libro es personal. Decir lo que pienso sobre alguna obra se siente como desnudarme en público.


TENER UNA HISTORIA: Inventar recuerdos que no existieron en el reino de lo físico, pero sí en el de lo afectivo.

(Y hay una veintena más, a caballo entre el aforismo y la humorada, la greguería y el flaubertiano Diccionario de las ideas recibidas, para deleite y azote de sus lectores en potencia…)

En suma, ¿dónde reside el atractivo de Dios fulmine a la que escriba sobre mí? Cuando es preciso saber el rumbo de nuestra vocación -la literaria, se sabe-, digno es hacer un recuento de la gente que nos dio destino y sentido -aunque, en la práctica, ambas nociones se contrapongan a cada instante-, a fin de justipreciar mejor su genio y figura, no exentas de naufragios y destellos, después de todo.

Dentro de las obras de Aura García-Junco, el volumen objeto de estas líneas es el más atípico del grupo, pero el más certero en cuanto a sus afanes memorialistas (que se puede leer con la misma dedicación que una novela, según se vea), que dan fe de una época agridulce, donde con todo y reservas florecen los mejores recuerdos, para después pasar la página y -¡ahora sí!- urdir una obra nueva, cuyo destino está por verse (o leerse, incluso).

Quede en ustedes conocerlo de primera fuente. (Así sea.)   


Aura García-Junco. Dios fulmine a la que escriba sobre mí. México, Sexto Piso, 2023 (Narrativa).  

 

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martes, 31 de diciembre de 2024

De quince a 24

Ulises Velázquez Gil


Año tras año, cuando llega el momento de hacer un balance de las lecturas hechas, siempre me asalta la misma duda: ¿qué libros merecerán la señera mención de mi parte? Reviso, no una, sino varias veces, mi libreta de lecturas, hasta que, en algún momento, se desvele la clave para mi selección definitiva (a final de cuentas, aproximación y reintegro, como con los números de la Lotería Nacional).

Muchas de las lecturas hechas no sólo se circunscriben al material impreso, sino también al encuentro y ulterior conversación con mis contemporáneos, a quienes les debo, además de la grata coincidencia, nuevos datos o aprendizajes con que hacerle frente al siguiente día, en espera de crear, descubrir o de transformar (avatares con que la duda se hace presente).

Como es tradición aquí, allá y acullá, comparto con ustedes mi listado con los quince libros que me maravillaron en este 2024 a punto de irse: del reencuentro a la primera cita, de la promesa postergada a la fidelidad de cuño reciente, quede aquí el óbolo de mi constancia lectora, siempre atenta a recibir aires de otros lares. Finalmente, dejo en ustedes el acercamiento de primera mano, y aunque sobra decirlo, toda omisión o presencia inesperada, es bajo la responsabilidad de quien esto escribe.

POESÍA:

-Xicotepec. Años roble (Aurelia Cortés Peyron)

-Gato por liebre (Claudia Hernández de Valle-Arizpe)

-Lengua hierba. Notas, interrupciones y ejercicios (Diana del Ángel)

-Cuaderno bermejo (Mariana Bernárdez)

CUENTO:

-Los desterrados (Claudia Cabrera Espinosa)

-La sangre de las plantas (Lorena Rojas)

-Despojos (Lola Ancira)

NOVELA:

-¡Te amaba y me chingaste! (Nora de la Cruz)

-Enamorada de la apuesta (Irán Flores)

-Pasado cero (Óscar de la Borbolla)

-La canción detrás de todas las cosas (Gabriela Damián Miravete)

ENSAYO:

-Librovejero (Álvaro Castillo Granada)

-Cuentahilos. Elogio del editante (Santiago Hernández Zarauz)

AFORISMO:

-Un naufragio permanente. Aforismos 2013-2018 (Hiram Barrios)

VARIA INVENCIÓN:

-Trayectoria de las esquirlas (Diana Ramírez Luna) 

Aunque merecían figurar en el listado definitivo, digno es mencionar los siguientes libros: Un informante en el olvido: Alfonso Reyes de Marcos Daniel Aguilar (que nos devela una faceta poco explorada de la obra alfonsina, de dónde surgieron varios de sus libros más conocidos); el Manifiesto por la lectura de Irene Vallejo, cuyas letras no dejan de ganarle batallas al tiempo, y más cuando se pontifica sobre el quehacer del libro; el volumen Tiempo de mujeres, coordinado por Karina Vaquera, que reúne doce artículos y ensayos acerca del papel que juegan las mujeres en diversos campos de la actualidad, y, claro, no podemos dejar de mencionar un libro gratamente esperado: En agosto nos vemos, la novela inédita (e inacabada) de Gabriel García Márquez, quien, como el Cid Campeador, sigue ganando batallas.

Pese a los altibajos que cada año deja a su paso, no me cansaré de refrendar mi ferviente pasión por la lectura, desde la cual siempre saldrán al paso nuevas razones para conversar y en espera de ganarle nuevas partidas por venir. Y aquí me quedo por mientras. 

¡Muchas gracias a ustedes!

 

babelises@hotmail.com 

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miércoles, 14 de agosto de 2024

Ciudadanos del tiempo



Ulises Velázquez Gil


En su conocida obra Las ciudades invisibles, Italo Calvino, por boca de su narrador y protagonista Marco Polo, cuenta a Kublai Kan sobre las ciudades que tuvo la fortuna de visitar; muchas de las veces, de tan inverosímiles que se tornan muy reales, incluso cercanas.

            Tanto en la geografía física como en la literaria, la ciudad que suscita constantemente asombros que certezas (pocas al fin) es Jerusalén, con todo y el síndrome al que debe su nombre. Y es, precisamente, esta ciudad la que se vuelve eje de la antología que hoy nos ocupa, sobre todo cuando la figura de una gran escritora afianza empeños como afanes.

Compilado y prologado por Vicente Quirarte, Encuentros con Israel. Mexicanos de la cátedra “Rosario Castellanos” reúne textos de once escritores que ocuparon en su momento la cátedra de marras, donde dan cuenta de los días que pasaron por una ciudad que no deja de ofrecer (y de ofrendar, incluso) sus maravillas y sus milagros, en una geografía accidentada (¿fragmentada?) por sucesos de alcances políticos y religiosos. Entre las constantes hostilidades de árabes y de judíos, la vida diaria emerge a pesar de todo.

A guisa de señero homenaje a Rosario Castellanos y su paso por Israel, tanto como embajadora como profesora universitaria, a finales de los años 90 del siglo XX, se instituyó una cátedra con su nombre en la Universidad Hebrea de Jerusalén, con la finalidad de que escritores mexicanos impartan clases por un breve periodo, la cual, desde su creación, ha recibido a varios escritores, quienes comparten andanzas y maestranzas con sus estudiantes.

Dice Vicente Quirarte en su presentación al volumen: Todo viaje s separación y metamorfosis. Sustrae a su protagonista del normal transcurrir y lo sitúa en un espacio inédito. Lo convierte en una hoja intacta y sedienta de insospechadas fuerzas. Como la enfermedad o el amor, el viaje es una experiencia que nos lleva al límite. Ninguno como el que se emprende hacia un país imaginado o conocido a través de diversas formas de virtualidad, pero que, sorprendente e imprevisto, nos estremece desde el inicial encuentro.

Desde su propia percepción y ulterior vivencia de la ciudad de Jerusalén, los once autores reunidos incursionan, cada quien a su modo, por los senderos de la crónica, en la cuenta de sus pasos por una ciudad que se antoja moderna (dada la presencia y/o vigencia de los temas actuales, incluso los de índole política) sin dejar su aura de espiritualidad y misticismo (donde conviven, antaño, dos, tres manera de acercarse a la divinidad, ecos de una tierra prometida). A este respecto, el texto de Rafael Olea Franco, “De un singular aventura (entre la Ley de Dios y la Literatura)”, ofrece la visión de un agnóstico por quien el lugar común asume como católico atávico: […] ¿se requiere ser judío para ingresar como profesor a la Universidad Hebrea?; en este caso, ¿no alentaría esa restricción contra el espacio plural propio de un ámbito universitario? Sin embargo, luego de mi estancia, concluyo que la enorme diversidad cultural de los integrantes del pueblo judío es un antídoto contra esa probable limitación […].

Grata diversidad se evidencia desde la nómina de escritores convocados, entre los cuales podemos mencionar a Beatriz Espejo, Rosa Beltrán, María Teresa Miaja de la Peña (las únicas mujeres, cabe señalarlo), Ignacio Padilla, Carlos López Beltrán, Marco Antonio Campos, Mauricio Tenorio Trillo, Ignacio Trejo Fuentes, Alejandro Higashi, el propio Olea Franco y, ¡sorpresa!, al coordinador del volumen, cuyo texto une dos universos en una misma ciudad: el de Carlos Pellicer y su peregrinaje intermitente por Jerusalén, y el suyo propio, para consolidar una tradición (¡vaya palabra! -y más para la comunidad judía) iniciada por su colega y maestro Carlos Montemayor (de quien hubiera estado excelente contar con un texto suyo dentro de este volumen). He aquí la ciudad anhelada, imaginada, conquistada, destruida. He aquí la ciudad como un hermoso juguete inalcanzable que los hombres han utilizado para lo más alto y lo más deleznable de sus pasiones. Antes de entrar en Jerusalén, hay que admirarla así, de lejos, sentir su palpitación presente y avanzar en la conquista espiritual de sus espacios (“Encuentros con la ciudad de Dios”).

Sin embargo, la misma ciudad no le ofrece una experiencia similar para los demás autores de Encuentros con Israel. Para Beatriz Espejo, en “Jerusalén, notas de aquellos días”, el vaivén de sus pasos reside en su labor docente como profesora universitaria -sin mayores diferencias respecto al que realiza en la UNAM- y en el recuerdo de sus manes (madre y maestros) que acompañan sus pasos por la llamada “ciudad de oro”: Mucho de mi tiempo libre lo paso en mi cuarto escribiendo o leyendo. Esto último con voracidad. Quizás por su extensión traje curiosamente las obras que la dieron el Nobel a Thomas Mann. El sábado se fue la luz eléctrica cerca de las siete de la noche, todavía había claridad, pero los regaderas empezaron a perder fuerza y a fallar. Se organizó un verdadero escándalo que llegaba hasta mi habitación. Eran las voces de muchos ortodoxos ejercitando con furia sus potentes pulmones. Habían ido a bañarse conforme a los rituales establecidos.

Sin importar la rutina en que se sumerjan nuestros autores, la vida de la ciudad acaba por alcanzarles; para Carlos López Beltrán, en “Ayer estoy en Jerusalén”, no sólo se trata de la rutina religiosa, comercial y cultural, sino del ambiente bélico que (todavía) predomina en aquellas latitudes. Desde su trinchera del café internet, López Beltrán nos da cuenta de ese ambiente. Quizá por venir de un país muy desigual no noté al principio tanta diferencia. Quizá fue porque al principio todo me pareció parte de un mosaico único y fascinante. Distinguir, diferenciar me llevó a sentir gran sorpresa de que en tan pocas cuadras, en tan mínima área, se acomodara tanta distancia (¿cultural? ¿religiosa? ¿política?) humana.

Tres autores que merecen especial atención, por la brevedad de sus colaboraciones, son Rosa Beltrán, Ignacio Padilla y María Teresa Miaja de la Peña. A diferencia de sus colegas y compañeros de libro (que optan -intencional y no- por el texto de largo aliento), ellos dedican pocas, pero grandiosas páginas a dar constancia de su paso por Jerusalén. La primera impresión es que la ciudad cabe en un dedal. Una impresión no significa nada, piensas, Jerusalén son las historias que has leído, las imágenes que han pintado, grabado, esculpido en piedra o en palabras durante milenios. Han hecho literatura sobre una tierra arisca. Las mayores fantasías nunca surgen de lo grandilocuente (Rosa Beltrán, “Al borde del mundo”); […] Allá fui a dar, en fin, para hablar del agua mientras me dejaban beber del manantial del mundo que mana de la fuente jerosolimitana. […] Allí viví el asombro del arte que germina no de la paz bucólica de las utopías sino de la interminable violencia que sigue levantando y de la ira sempiterna que nos hace humanos (Ignacio Padilla, “Del mar en Jerusalén”); […] Cuántos antes que yo pasaron por Jerusalén a través de los tiempos, de las invasiones, cruzadas, conquistas, peregrinaciones, viajes; cuántos la han escrito, pintado, descrito, cantado, amado, anhelado e incluso quizá detestado, cuántos la construyeron y cuántos la destruyeron. No puedo ni siquiera intentar imaginarlo (María Teresa Miaja de la Peña, “¡Oh, Jerusalén! De murallas, desiertos y oasis”).

Mención aparte merecen Marco Antonio Campos, Ignacio Trejo Fuentes y Mauricio Tenorio Trillo con sus correspondientes colaboraciones, donde la crónica destella desde el primer párrafo, y que también se emparentan con el resto por el hecho de saberse maestros en un recinto extranjero, pero tan cercano por obra y gracia de Rosario Castellanos, cuya figura, a más de cincuenta años de distancia, sigue más presente que nunca.

En suma, Encuentros con Israel da cuenta del talento desmedido de los escritores mexicanos que ocuparon la cátedra “Rosario Castellanos” en la Universidad Hebrea, con lo cual se cumple un deseo de la escritora y diplomática en cuanto a estrechar los lazos entre México e Israel (enlace que, hoy día y pese a los sucesos recientes, sólo queda afianzar). A semejanza del narrador de Las ciudades invisibles (referida al principio de estas líneas), todos los escritores se tornan ciudadanos del tiempo con el hecho de compartir sus andanzas por la ciudad de Jerusalén, así también de las maestranzas allí adquiridas, que les concede un lugar en el mundo, lleno de letras y de vida, de palabras y recuerdos (como los que Ignacio Trejo Fuentes plasmó en su Diario de Jerusalén, a la sazón, el último libro que publicó en vida).

Con todo y que la realidad insiste en rebasar nuestro entendimiento, digno es proseguir el legado de una escritora sin par (quien compartirá centenario con la universidad que le acogió durante su breve, pero edificante misión en Medio Oriente) mediante la participación de escritores mexicanos cuya sabiduría abone hacia una mejor proyección de la cultura mexicana allende las fronteras.

Quede aquí, su dedicada y grata lectura. (Así sea.)   


Vicente Quirarte (coord.) Encuentros con Israel. Mexicanos de la cátedra “Rosario Castellanos” en la Universidad Hebrea de Jerusalén. México, UNAM/ Secretaría de Relaciones Exteriores/ Amigos Mexicanos de la Universidad Hebrea de Jerusalem, 2013.  

 

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lunes, 8 de abril de 2024

Recuerdo entre libros

Ulises Velázquez Gil


De entre las cápsulas e intervenciones culturales que solían programarse por la frecuencia de Opus 94.5 FM, existió una cuyo título, en sí, era profesión de fe: Todo lo que somos está en los libros, que se caracterizaba por proponer al radioescucha un libro o un autor que le suscitara interés o un (posible) acercamiento por medio de la lectura. Si en algo se distinguía su titular, Alicia Zendejas, es en ser una persona de libros; su marcada presencia dentro de la historia del Premio Xavier Villaurrutia la dibuja de cuerpo entero en esos afanes y empeños.

            Si de personas de libros hablamos, esta nomenclatura hoy día recae en un librero (anticuario, de lance, de ocasión, da por igual el adjetivo), cuya pericia y olfato bibliográfico pone frente a sí desde un ejemplar incunable hasta una rareza sólo reservada a un cuento de Borges o de Arreola. De ese tipo de andanzas y maestranzas se compone Librovejero, libro donde Álvaro Castillo Granada da cuenta de sus pasos por el oficio de librero, al que llegó por casualidad, pero con una marcada conciencia de su vocación, que se distingue -fundamentalmente- por trazar la ruta que lleve a un libro con su (posible) destinatario.

Treinta textos (como el número de años que lleva su autor en el oficio librero) que evidencian la pasión por un mundo de letra impresa, y de los sucesos que se dieron en paralelo a su aparición; para muestra, el siguiente fragmento: Ese era el trabajo con el que soñaba desde niño. ¿Cómo lo veía entonces? No lo tengo claro. No había conocido a alguien a quien pudiera decirle librero. Generalmente cuando entraba en una librería esperaba que algún libro lograra hallarme en medio de todos los que me rodeaban y se ajustara a mi bolsillo. Eran tantos los libros que quería leer y tener que me dediqué a hacer listas. Ahí nació una afición que, con el paso del tiempo, me ha sido muy útil: lector y consultador de bibliografías (“Ya no me quedaban hojas de vida”).

            A diferencia del dependiente de librería de prestigio, el librero sabe sondear los gustos de sus potenciales parroquianos, ver sus temas de interés y, hasta con un poco de suerte, conseguir el deseado ejemplar con la prístina dedicatoria de su autor; esta dinámica ha llevado a Álvaro Castillo a conocer figuras señeras de las letras como a nuevos amigos (y cómplices) en el oficio -con miras a cofradía- de librero. Uno de ellos -muy sonado hoy día por una novela de póstumo impacto-, además de echar mano de su conocimiento librario, le “bautizó” en atención a su ingenio y artificio con el sobrenombre que le da título al libro. Es en ese momento cuando comienzo a existir para él. Me puso un apodo que fue convirtiéndose, para algunos, en una manera de nombrarme: “Librovejero”. Primero fue “Libroviejero”. Lo cambió: “Mejor Librovejero… como ropavejero…” No solamente le conseguía libros a su hermano, sino a él también. Sus encargos venían/llegaban por múltiples vías. Siempre ediciones precisas y específicas. No podían ser otras. Las que había leído, las que había tenido, las que había visto [Gabriel García Márquez].

Para un buen librero, no hay hallazgo raro (puesto que todo libro es, en sí, una rareza), pero cuando se trata de un “cliente” como García Márquez, el caso puede adquirir dimensiones épicas; tal y como se plasman em “De Gabo a Mario”, donde un volumen que reúne el saber de sendos titanes de las letras hispanoamericanas, se torna empresa épica en cuanto a conseguir las firmas de ambos escritores (si recordamos su persistente enemistad hasta el momento en que se dio el hallazgo). Si para un consumado “caza firmas”, dárselas de “espontáneo” encierra su propia epopeya, ante dos figuras adversas esto se dificulta más. Haber hecho coincidir, sin trampa ni engaño alguno, a estos dos inmensos escritores, quienes alguna vez fueron los mejor amigos, en la misma página de un libro que nos deja escucharlos hablar, es una de las conquistas más hermosas que me ha dado la oportunidad de realizar (gracias a la complicidad y la amistad, por supuesto) este oficio de librero en el que ya llevo treinta y tres años. Y siga usted contando.

Así como existen el amor o la amistad a primera vista, para Álvaro Castillo Granada existe también “a primera leída”, una vez que sus manos y ojos se encuentran con un autor en espera de compartirle sus ingeniosos y geniales afanes, como ocurrió con Fina García Marruz y Cintio Vitier (protagonistas de “Fina, mi Fina” y “Cinfin”, respectivamente) y, vicariamente, con Eliseo Diego (“Mi Eliseo, Fefé”). Amistades que se unen por los libros, y que se afianzan mediante el trato personal, de cuyas maravillas y milagros somos testigos -y hasta con un poco de suerte, abonarlo a nuestra propia experiencia. Siempre, siempre, han estado para mí. Para nosotros. No sólo en su casa nos hemos visto. Hasta estuvimos los tres sentados una vez en el cuarto de un hospital cuando ingresaron a Cintio (“Fina, mi Fina”); […] Miré tus libros, me senté en el piso, los saqué todos y los puse frente a mí […] Los abrí uno por uno y leí cada una de las dedicatorias; […] Mirarlos, ver las fechas y el lugar donde los compré, es sumergirme en la memoria, sentir que ha sido mucho el tiempo que ha pasado y que ha sido más, demasiado más, lo que hemos compartido, los tres (“Cinfin”).

La vida de quienes amamos los libros no sólo se compone de autores y de ejemplares firmados, sino también de sucesos y de cosas que irrumpen con sorpresa y nos obsequian su magia a cada paso. Una mochila -jaba- que se llena de libros en espera de encontrarse con sus próximos lectores, una figuración sólo realizable dentro de un cuento, la cardiografía que conlleva el primer autógrafo conseguido -que suscita y secunda a sus sucedáneos-, e incluso las crónicas del instante que ciertos libros se presentaron frente a nuestros ojos, y en cuya vuelta se siente menos la nostalgia. Compartir memorias es uno de los misterios más fascinantes de la existencia. No es sólo el compartir la experiencia sino lo que conservamos de ella, lo que decidimos por alguna razón preservar y guardar.

Con todo, en Librovejero se da fe de los pasos por un sendero tan edificante como vertiginoso, cuyas andanzas y maestranzas no dejan de prodigar saberes y querencias -y doblemente cuando de libros se trata-; en las lecturas que hacemos, de igual forma con aquellas que nos esperan en el futuro, queda una parte de sí mismos, con una visión del mundo más amplia, pero certera en afectos y convicciones, donde anide el recuerdo entre libros, imbatible a todo tiempo.

En la nómina de libreros ungidos a las letras, el nombre de Álvaro Castillo Granada figura con igual intensidad junto al de don Enrique Fuentes (cuyos empeños hoy día prosigue su hija Andrea en la Antigua Librería Madero en la Ciudad de México), desde su ínsula de nombre San Librario (que devela sus propios arcanos per se), donde -amistosamente- se confirma la fortaleza de un verso de Joan Margarit: La libertad es una librería.

Quede aquí la invitación para acercarse a este volumen de alcances memorialistas, aunados a la franqueza de las buenas plumas, dotando de permanencia lo fugitivo, para deleite de activos y de nuevos lectores. (Así sea.)   


Álvaro Castillo Granada. Librovejero. Bogotá, Fondo de Cultura Económica, 2023 (Colección Popular, 834).  

 

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viernes, 23 de febrero de 2024

¡Zarpar al fin!

 Ulises Velázquez Gil

 

 

De las cinco novelas que componen su llamada Pentagonía, Reinaldo Arenas escribió Otra vez el mar cuatro veces: tres de éstas, luego que le fuera requisado el manuscrito correspondiente. (La versión definitiva hoy se encuentra bajo resguardo de la Universidad de Princeton, junto con el resto del archivo del escritor cubano.)

            Sirva el dato anterior para comenzar con una nueva serie de entregas (luego de varios meses fuera de circulación por razones que no es preciso mencionar), donde espero retomar algo del espíritu original con que nacieron tanto La marcha de las Letras como Las horas de mi agenda en el espacio en línea antes conocido como Flor y Látigo.

Mientras estuve en una recesión intermitente, llegaron a mi vida toda serie de sucesos (favorables y no), donde al final del día mis lecturas del mundo presente no dejan de sorprender y de generar nuevos enlaces.

El feliz reencuentro con una querida colega y amiga (de quien esperamos nuevas colaboraciones dentro de la serie Trazos y enlaces) vino a inyectarle vida a un oficio que, antes que todo, se compone de persistencia. Las reseñas de libros de La marcha de las Letras como las misceláneas de Las horas de mi agenda me ayudaron mucho a ponerle orden a mi mundo (el que pasa frente a mis ojos, el que comparto con mis contemporáneos, el que descubro a través de la lectura), y en suma justicia, digno es proseguir con ese afán.

En estos días, donde la Feria de Minería llega a su cuadragésima quinta edición, llega el momento justo para dejar mi recesión involuntaria, echar plumas y libretas a la maleta y, como en la novela que Álvaro Mutis planeaba escribir dentro de la saga de Maqroll el gaviero, gritar entusiasmado ¡Zarpar al fin!   

 

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